ideal.es.- Con el inicio de la campaña de recogida de la aceituna, la provincia de Jaén se convierte en un hervidero de idas y venidas de los miles de jornaleros inmigrantes que llegan hasta estas tierras en busca de trabajo. Una situación recurrente en numerosas localidades jienenses que, sin embargo, parece pasar de largo en algunos municipios, como Linares, frecuentemente denominada ‘ciudad de paso’. Una isla industrial y de servicios en un mar de olivos donde, pese a todo, el fenómeno de la inmigración esconde sus raíces 30 años atrás, presentando unas características únicas con respecto a la provincia.
Cerca de 2.300 inmigrantes residen de forma estable en la ciudad, según los datos barajados desde Mundo Acoge, una cifra que se encuentra estabilizada desde hace varios años y precisamente ahí es donde radica una de las diferencias: Linares es ciudad de referencia de quienes se establecen en ella. «Existe una gran agrupación familiar porque los primeros inmigrantes tienen aquí su familia y, cuando llega el resto de los miembros, la ciudad es el punto de referencia, aunque la abandonen para trabajar temporalmente en otro lado», explica Ana Fiñana, la vicepresidenta.
De este modo, mientras algunos municipios aumentan su población con la llegada de jornaleros inmigrantes para trabajar en el campo, el municipio linarense se despide de los suyos hasta el fin de la campaña. Una «nueva realidad», como lo clasifican los inmigrantes más antiguos de la ciudad, en su mayoría paquistaníes, muy distinta a la que se vivía hace treinta años, cuando los españoles, con crisis o sin ella, seguían copando los jornales de la agricultura.
Entonces, allá por los setenta, las oportunidades de futuro se encontraban aún en la riqueza del subsuelo linarense. Fue de este modo, atraídos por el desarrollo de la industria minera, como decenas de paquistaníes llegaron a las tierras jienenses para descender por unos pozos mineros que se habían convertido con el paso del tiempo en un tajo poco atractivo para los propios vecinos de la ciudad. «Cuando llevaba un año en Barcelona, me enteré que en Linares había trabajo seguro en las minas y no lo dudé. Llegué y en unos días ya me encontraba trabajando en Adaro», recuerda Raja Mohammad 34 años después de su llegada a la ciudad.
Artífices de una ciudad
Al igual que muchos otros mineros, los inmigrantes que llegaron a la ciudad en pleno desarrollo de la minería se muestran emocionados al hablar de los cambios sufridos en Linares gracias al desarrollo de esta industria. Nada tenía que ver un pequeño pueblo donde los rebaños pastaban a sus anchas en lo que ahora es el centro de una ciudad moderna. «Cuando llegamos, Linares era un pueblo pequeño donde la gente, sin embargo, tenía una mentalidad muy abierta, por lo que nunca encontramos ningún problema para encontrar trabajo o una casa», explica Mohammad Azfal, quien llegó directamente de Pakistán a Linares hace 33 años, a las minas de La Cruz.
Ambos, compañeros de fatigas en el duro trabajo de un minero, se muestran satisfechos por haber aportado un pequeño grano de arena al desarrollo de una ciudad que hoy día sienten como suya. De hecho, tanto Raja como Mohammad han formado su familia en Linares, donde sus hijos son «uno más, sin ninguna diferencia». Con la estabilidad que ofrece tener a una familia, Raja y Mohammad aseguran que la situación ha cambiado mucho desde entonces. «Pocos son los inmigrantes que llegan aquí y encuentran trabajo, por eso la mayoría se va, o si tienen familia, viven en Linares pero trabajan fuera», comenta Azfal, entendido en la materia, pues tras tres décadas en la ciudad, facilita trabajo en la aceituna a algunos inmigrantes recién llegados, gracias a sus contactos con los agricultores de la ciudad y alrededores.
Ciudad de servicios
«Quien llega a la ciudad es porque tiene algún conocido», aseguran desde Mundo Acoge, y es que Linares se ha convertido en una ciudad de servicios donde el trabajo para los inmigrantes está reducido a dos áreas principalmente: la venta ambulante y empleadas del hogar (o cuidadoras de mayores, en muchos otros casos). Dos sectores que marcan otra diferencia importante con respecto a la inmigración vinculada a la agricultura, como es la llegada de muchas mujeres en busca de un mejor futuro.
Ese fue el caso de la ecuatoriana Magaly Tituana, quien atraída por las oportunidades existentes en la ciudad, conocidas a través de una prima que ya residía en tierras linarenses, aparcó sus estudios de secretariado para ahorrar una cantidad que le permitiese continuar con su formación. De eso hace ya ocho años, pese a que su meta en un principio era estar dos años. «Cuando llegas aquí y ves la necesidad de tu familia, es difícil decidir volver, aunque siempre es una realidad muy distinta a la que te imaginas cuando llegas aquí», comenta.
No puede quejarse, no ha tenido problema en encontrar trabajo desde que llegó y actualmente trabaja como interna cuidando a una mujer mayor, pero lamenta que con crisis y sin ella, «los inmigrantes siguen estando relegados a unos oficios concretos, sin importar su formación». «No he terminado los estudios porque me exigen empezar de cero para convalidarlos, pero lo cierto es que además del esfuerzo que supone, en la mayoría de los casos un inmigrante al llegar a España, tenga el título que tenga, es un don nadie», asegura.
Pese a todo, Magaly se encuentra muy a gusto en una ciudad como Linares, «muy acogedora», donde son muchos los inmigrantes que buscan oportunidades en el sector servicios.
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